Mientras los barriletes se deslizaban en el viento frío pero placentero de noviembre, me di cuenta de muchas cosas, pero sólo pocas me importaban, y entre esa célula fluorescente estaba yo y la despedida fulminante que desde hace tres noches nos habíamos dado por entendimiento racional, sobrándonos el hablar. Solté y solté la pita, para lograr separar de los demás mi suerte, que ahora vuela con cola de serpiente y colores pastel, deseando que viera nuevos horizontes llenos de esperanza. Pero como buena suerte, no por favorable, sino por caótica, forcejeó para desprenderse del lazo, lográndolo, se dejo llevar a la deriva en las nubes de nostalgia y café a medio tomar. Cayéndome la cuerda en la cara, me empecé a balancear, con la vista en el olvido y los ánimos sepultándome los pies, me deje caer al pasto lleno de olor a medio podrir.
Abrí los ojos, completamente, viendo las paredes blanca llenas de obscenidad, levante el auricular del teléfono de mi conciencia y estaba de nuevo la voz, que por las noches aparece rebotando en mis sueños, pero esta vez no murmuro ni un solo sonido, sabía que allí estaba del otro lado de la conexión, estaba lejos, distante y odiándome. Sin decir nada me quede allí, con el auricular en el oído sin pensar, sin siquiera respirar, en espera. Junto a mi, haciendo más pesada la vida estaban la soledad, quien empezó a empaparme el cuerpo, rasgarme las ropas y rajarme los labios; y el tiempo, el tiempo que no abandona la tarea de apolillarme las neuronas y desgastarme las energías.
Para entretenerme, saqué de mi bolsillo un paquete de cigarros y empecé a fumar, hojeando a ratos las revistas de la programación de la televisión y claro pensando en que momento me hablaría, necesitaba su respuesta, una solución, una opción o por lo menos un insulto, pero nada, nada, nada ocurría con ella. Entonces me rendí, deje caerme de nuevo, lanzando contra la pared el auricular, que para mi desgracia no tenía conexión con nadie más que con esa voz. Cerré los ojos, con el auricular lejos de mi, con el cigarro en la mano, la revista de programación volando en pedazos alrededor, me empecé a dormir, tratando de ya no soñar con mi suerte a la deriva, mi pensamiento entre la nostalgia y mis ánimos empacados en una vieja maleta rumbo a donde el concreto no te deja ver el sol.
Texto: André González y Kan
Fotos: Enrique Zabaleta
Recopilación: Fénix Literario
Imagen y diagramación: Kan


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